De la rosa no quedan ni las espinas (o sí) 1
Capítulo 1. ¿Cómo se escribe sin apoyo de la IA? ¿Cómo se programaba antes de Internet?
Mediados de 1980
Recuerdo que el Apple IIe tenía una pantalla de fósforo verde y dos disqueteras de 5½. ¿Por qué dos? Mi memoria no llega tan lejos. Una CPU que me parecía de hierro forjado, un indomable teclado mecánico, duro como el de una máquina de escribir, y unos luminosos sprites de un pirata, sable en mano, luchando contra monstruos marinos.
En la asignatura de EATP podíamos programar nuestros propios juegos y aplicaciones en BASIC.
Años 1990
Instalar MS-DOS en un PC clónico era relativamente rápido. Windows 95 ya requería un buen puñado de disquetes de 3¼.
Programar en los primeros 90, en un compilador, implicaba invocar conocimiento del vacío, línea a línea, procedimiento a procedimiento. Robando horas al hambre, la fatiga y el sueño. Miradas enfebrecidas reflejadas en un monitor CRT de 16 colores.
Nada de Vibe Coding. ¿Internet doméstica? Un espejismo. Manuales de papel de cientos de páginas y teléfonos aún anclados al aparador de formica. Semanas de esfuerzos, dudas, lentitud, desesperación… y grandes satisfacciones.
Finales de los 2000
Un oscuro novelista crea una obra disruptiva de alpinismo ficción documentándose gracias a un módem de 56K.
Cuando la rosa desaparezca y no quede ni su nombre, tokenizado y digerido en las tripas de un LLM, ¿se podrá reconstruir a partir de su huella numérica? Unos hipotéticos alienígenas que accedieran a los parámetros del modelo, ¿podrían llegar a sentir, oler y sangrar con las rosas latentes de los jardineros, los poetas y los amantes? ¿Cómo se invoca el conocimiento cuando ya no surge del vacío, sino de unas abismales matrices binarias?
La IA puede reproducir las huellas del lenguaje, pero es incapaz de sustituir la experiencia viva que da sentido a la escritura, la programación o la chispa de la creación.
Lo peor de escribir sin apoyo de IA consiste en sufrir las veleidades de las Musas. Navegar hacia Ítaca atado al palo mayor, escuchando los prístinos cantos de las aladas sirenas, como brocados de conocimiento tejidos con hilos de olvido. Lo siento, Ariel: en la realidad homérica tendrías cuerpo de buitre.
¿Por dónde empezar? Grito a mis marineros infinitos destinos, que me susurran con voz aterciopelada las orbitantes ninfas marinas, y que solo conducen a afilados acantilados o tenebrosos abismos.
Una corrosiva sátira de la cara oculta de la IA sería, sin duda, un destino revelador. Descubrir el opaco reverso tras el mito, el ruido y las promesas imposibles constituye una aventura digna de aguerridos navegantes.
Quizás el asombroso límite físico de 6,7B de parámetros, que transforma a un verboso LLM vendehumos en un falso físico nuclear, con destrezas emergentes, sea otro puerto posible.
Pero la verdadera singladura comienza más allá del eslogan y del asombro: fondear en las costas donde se diseccionan las arquitecturas imposibles de los LLM, conocidas solo por una minoría, exige otra clase de mirada, más pausada y atenta.
¿Y qué decir de la posibilidad de una inmersión en una ucronía steampunk, donde una primitiva IA iluminase el siglo de las Luces?
Por supuesto, también está la visita a la isla de los feacios, para descargarse un pura sangre de 26B en local e intentar domar su impetuosa explosividad. Porque en ningún caso renegamos de la tecnología; al contrario, deseamos conocerla, aplicarla y ponerla al servicio del bien común, como el autómata Talos.
Nuestra odisea se narrará en los confines del oscuro mar de color vino viejo. Eso, si los cantos no me enloquecen del todo, los dioses se muestran clementes, consigo unas rosas en Creta para Penélope y mis hombres son capaces de llegar a la costa sin Google Maps.




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