De la rosa no quedan ni las espinas (o sí) 2. El coste planetario de la IA
*Todas las imágenes son recreaciones IA excepto las dos primeras. 1. José Gómez Ventura
1993 Camino de Santiago. Etapa Zubiri – Trinidad de Arre
“Tuve un penoso despertar y tomé conciencia del frío nocturno y de la escasa ropa con que me había acostado en el saco. No es lo mismo dormir en cama que sobre una esterilla, por muy aislante o isotérmica que se apellide…”
“Al pasar junto a la inmensa, horrible y humeante fábrica, situada en un escenario pelado y post nuclear de escombreras…”
En 1993 no existía internet doméstica. Por supuesto no había móviles. Si un grupo de peregrinos caminaba a distintos ritmos, los más adelantados podían comunicarse con hojas como la de esa libreta de la imagen, en lugares estratégicos.
1999 Macizo del Illimani. Bolivia
Me propongo seguir un camino minero con el objetivo de rodear toda la montaña. Tras varias horas de ruta, algo por debajo de la altura del europeo Mont Blanc, el camino desaparece debido a un desprendimiento, en un remoto lugar, coronado de glaciares colgantes y orlado de picos de más de seis mil metros.
La minería del Illimani era en esa época fundamentalmente artesanal, con pequeñas explotaciones de oro, plata, wolframio...
Precisamente ese año surge la primera tarjeta gráfica doméstica de Nvidia, que se utiliza en gaming.
La explotación de litio, coltán y otros minerales raros, ya existía, tanto en 1993 como en 1999; aunque no a los voraces niveles actuales.
En la zona navarra mencionada se extraía, desde la posguerra mundial, la magnesita, mineral con innumerables aplicaciones, entre ellas el recubrimiento refractario imprescindible en los altos hornos donde se produce el acero, el aluminio o el cemento; necesarios para apuntalar nuestra civilización industrial. El lugar me produjo una impresión perturbadora, tras dos días recorriendo los verdes Pirineos y cruzando hayedos centenarios. Reconozco la necesidad de la minería, pero aquella enorme escombrera, mucho más desoladora que la inmensa factoría minera, no parecía augurar una extracción demasiado sostenible.
En Bolivia llegué a ver los restos de aquellas explotaciones mineras, no solo cicatrices en la tierra y maquinaria antigua. En el famoso "cementerio indio", en un lugar hipnótico y espectacular, es fama que están enterrados los mineros víctimas de la masacre de San Juan, debida a la represión del ejército de una huelga minera.
Volvamos al presente. Si viajásemos en la actualidad al país más poderoso del mundo, chocaría conocer lugares como Silver Peak, Nevada, una mina de litio en expansión. Allí encontraríamos edificios ruinosos de la época de la fiebre del oro, tuberías oscuras surgiendo del suelo y serpenteando por la tierra, como construcciones biomecánicas de la saga Alien y estanques de evaporación de color verde, que brillan a kilómetros.
Todo un lago salado subterráneo, repleto de litio, será desecado en escasas décadas para alimentar las baterías de nuestros móviles, vehículos y fuentes de respaldo de centros de datos de IA. Elementos con una vida media de cinco años, que luego irán a cementerios de desechos, altamente tóxicos.
Las tarjetas gráficas (GPU) despegaron su producción en 2021, para otro tipo de minería virtual, la de criptomonedas, sobre todo abanderada por el Bitcoin. En la actualidad, la IA acapara tantas unidades que se habla de escasez de oferta de estos dispositivos en el mercado.
Esta presión de la economía mundial obliga a las industrias extractivas a trabajar a destajo, especialmente en países con regulaciones medioambientales laxas.
Por ejemplo, Mongolia y sus tierras raras, con su importante minería y sus terribles efectos secundarios medioambientales.
O el llamado “Lago negro” de Baotou, China, un embalse de residuos tóxicos y radioactivos, subproducto de una feroz explotación de tierras raras, necesarias en la implementación de la IA. Amén de la importante huella de carbono, en la fabricación, entrenamiento y despliegue en los centros de datos; auténticos monstruos devoradores de energía y agua.
La nube y la IA no son etéreas, verdes, sostenibles, ni, por supuesto, neutrales. Extienden sus tentáculos planetarios, y anclan profundamente sus garras en el subsuelo, provocando una extracción irreflexiva de minerales, que tardaron millones de años en formarse. También “optimiza” la explotación de otros minerales no tan estratégicos pero muy necesarios, como las magnesitas de Zubiri o el oro, plata y wolframio de la explotaciones del Illimani. En este último caso con grave riesgo de afectación a los glaciares y acuíferos que alimentan La Paz, la capital boliviana.
Fuente: Atlas de la IA de Kate Crawford.
La IA no se teletransporta por el éter, viaja sobre cobre y fibra óptica, atraviesa océanos, por los mismos caminos telegráficos que consolidaron la colonización; que transformaron la distancia en obediencia imperial. Como las grandes tecnológicas actuales, que no muestran escrúpulos en fagocitar los datos, en colonizar la literatura de países enteros, para entrenar modelos -incluso con usos litigados o compras directas a “bibliotecas sombra”- saltando sobre la privacidad o los derechos de autor; como si todo el universo fuese un yacimiento a su disposición.
Bueno, pero la economía y el progreso lo exigen, ¿no?.
De hecho la IA va a facilitar la fusión nuclear y va a resolver todos nuestros problemas de energía, ¿no?
La IA no va a encender ningún sol artificial por nosotros; apenas ayudará a que el reactor no se deshaga antes de tiempo.
No somos luditas, apreciamos la increíble revolución tecnológica que vivimos, aunque en nuestros periplo hacia Ítaca, las sirenas nos advirtieron de un gran peligro: “Los humanos acabaréis trabajando como máquinas y ellas terminarán actuando como vosotros”.

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