De la rosa no quedan ni las espinas (o sí) 3. La nube no flota

 

La nube no flota

Sátira de Internet y la IA


Estás navegando por Internet, whatsappeando, viendo videos encadenados en Insta o TikTok o, incluso, usando tu IA favorita para consultar algo útil.

Buscas una imagen en tu Galería y la compartes en cualquiera de los servicios comentados. Sabes que va a subir a “La Nube”, un concepto ya acariciado por uno de los ideólogos de la IA en los años 1950, John McArthy. Término bien pulido, edulcorado y envasado por las majors tecnológicas. La Nube da una sensación de ligereza, limpieza, sostenibilidad; algo místico y metafísico. Nada más lejos de la realidad.

Si te encontrabas al teclado de tu PC, portátil o tablet, el camino al Ciberhades será más directo. Tu preciada foto, ese recuerdo imborrable destinado a durar un siglo, no ha ascendido mágicamente al cielo; por el contrario comienza su “subida a La Nube” a través de un garaje o sótano polvoriento.

Si estabas tumbado en el sofá con tu móvil, el camino es un poco más largo y sucio. Primero a una antena de telefonía, con nula limpieza y mantenimiento, que amenaza la cimentación de la azotea de un edificio cercano. Luego varios pisos de conductos hasta un sótano húmedo y cochambroso. Puede que allí algún simpático insecto o roedor se caliente la tripita al paso de tu valioso recuerdo.

La Nube no flota, se hunde en las entrañas de la tierra, en conductos y registros que nunca verán la luz del sol, ni llegarán a conocer el significado del término plumero.

Bóvedas oscuras, entramados de cables de aspecto vergonzoso, los centros de distribución y los puntos neutros (por suerte más cercanos al concepto de nube) tienen las entradas selladas para evitar diminutas visitas indeseables. Luego kilómetros y kilómetros de regletas, fibra, calor, energía y más energía, para que tu foto no se pierda en los laberintos de la red.

En breve se dará un buen chapuzón en el océano, en compañía de rijosos peces abisales, de luminosos apéndices y bocas llenas de dientes.

Internet y la IA gozan de  una inestimable ayuda en una anónima legión de moderadores de contenido, de las distintas redes sociales, entrenadores de IA y “duendes” que colaboran para que La IA sea más segura; y parezca más inteligente.

La red y la IA son, por necesidad, una inmensa factoría de vigilancia, filtrado y gestión de la basura más abyecta de la sociedad. Esto se ve claramente en el documental "Los limpiadores".

 

Trabajadores a destajo, en pasises en desarrollo, mal pagados y con escaso apoyo psicosocial, se enfrentan a diario a imágenes y videos atroces, capaces de acabar con su salud mental en escaso tiempo. 

Como ese vigilante de la imagen, amenazando a una enorme cucaracha, rodeado de un caos y una negligencia absoluta, y olvidando otros “insectos” que asaltarán sus piernas.

La IA promete omnisciencia, autonomía, limpieza, pero precisa de una cadena de operarios, filtros, parches; seres humanos desechables para mantener la ilusión en pie.

La Nube no flota, se cultiva, se cría. 

La granja de GPU´s es una inmensa factoría, sostenida a base de megawatios, ingentes cantidades de agua, costosos dispositivos que dejan una cicatriz imborrable en el planeta y batallones de operarios y técnicos de mantenimiento. 

La supuesta aséptica Nube es en realidad una granja, donde conviven las GPU´s como ganado industrial, hacinado en jaulas, girando  los ventiladores de los servidores de continuo, hasta quedar fundidos; y alimentado todo por masivas explotaciones agrícolas de silicio.

Lo "etéreo" se desmiente enseguida en su arquitectura industrial brutalista, en zonas áridas, lejos de miradas indiscretas. En lugares donde la energía y los impuestos son más baratos y el despilfarro más asequible a las tecnológicas.

Bosques de cables, catedrales de servidores, con cúpulas de acero y cemento. Cuando la IA se desmaquilla, más que una nube parece un gris santuario de hormigón de una plutocrácia tecnológica.

El entrenamiento de una IA es como una gran caldera, alimentada por billones de bases de datos, páginas web, documentos, libros...  obtenidos de cualquier fuente, de contenido incierto, bibliotecas ocultas de Internet, archivos no declarados, repositorios grises… Todo arde en el crisol en aras de ese conocimiento. 

Una vez tokenizada la rosa, es imposible conocer su origen.

Se dice que la IA es generativa. Es cierto, pero gracias a una operación universal de expolio cultural, compilación masiva y legitimidad retrospectiva.

 

Parece que el razonamiento tiene un límite definido. Los modelos, a partir de 6.7 billones de parámetros comienzan a poseer “destrezas emergentes”, son capaces de realizar tareas para las que ni siquiera han sido entrenados.

Esta frontera metafísica es más bien fruto de la acumulación de parámetros, datos y paciencia. Aunque a las tecnológicas les pudiese gustar venderlo como una epifanía, una pequeña singularidad, lo cierto es que a mayor complejidad, el juguete llega a una escala en la que el humano debe dejar de fingir que conoce, entiende y domina la técnica.

 

 


Esto es una sátira, como las diatribas de Juvenal contra las costumbres romanas, las imágenes y textos son hiperbólicos y buscan el impacto. 

Un porcentaje del litio desechado se recicla, aunque mucho menos del que se podría fisicamente, debido a diversas circunstancias. 

La UE está legislando para exigir que cada nueva batería lleve una fracción de litio reciclado, aunque es cierto que parte acaba en cementerios tecnológicos como éste.

El agua para refrigerar los centros de datos suelen usarse en circuito cerrado, con un porcentaje de pérdidas por evaporación, mantenimiento; si todo se implementa correctamente, el líquido desechado debería verterse a un cauce fluvial tras depuración... 

Comparemos ahora la versión Disney de la nube y otra, en nuestra opinión, algo más realista.

 

 

Versión Disney

 

Versión no disneyficada 

 

Como conclusión, comentar que nosotros somos usuarios asiduos de la Nube y de la IA. Desmitificar la versión naif de las grandes tecnológicas y los poderes geopolíticos, no es óbice para estudiar y apreciar sus fascinantes aplicaciones, por ejemplo en el aprendizaje guiado y personalizado de nuestros menores, como veremos en futuras entregas.

Lo importante es conocer la realidad, no para anatemizar la tecnología, para exigir un uso ético de recursos minerales, un reciclaje adecuado de residuos, un uso racional de agua y energía... aunque eso conlleve un pequeño menoscabo en nuestros bolsillos. 



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